sábado, 28 de enero de 2012

Comer sin aditivos

Este post está dedicado a Keiko y Sergi que han descubierto recientemente que pueden comer más sano y sentirse mejor.

Yo me vi obligada a meterme con las listas de ingredientes de todo gracias a la dermatitis de Fati. Primero retiramos los conservantes, colorantes y saborizantes artificiales porque parecía claro que afectaban directamente a su piel (y a la nuestra).

Le declaramos la guerra al glutamato monosódico y al aspartame. Un buen día me dio la radicalidad vegetariana y me daban náuseas de pensar que pudiera estarme comiendo algo con animales sin siquiera saberlo.

Justo entonces tuve la suerte de dar con el libro de Corinne Gouget “Aditivos alimentarios” y eso sí fue como haber salido de Matrix. Porque resulta que uno se lleva a la boca cosas que se supone que están autorizadas por alguna institución sanitaria y lo que no se imagina es que hay un sinfín de cosas autorizadas que nunca NUNCA tendrían que consumirse porque dañan seriamente la salud.

Luego uno tiene la tentación de decir ¿qué tanto es tantito? PERO cuando empiezas a mirar etiquetas te das cuenta que los aditivos ¡están por todas partes! Y lo difícil es encontrar el producto que quieres libre de mugres.

Pongo un ejemplo: mono y diglicéridos de ácidos grasos. Grasas parcialmente digeridas que pueden ser de origen animal o vegetal y que entre otras cosas pueden afectar al hígado, los riñones y los órganos reproductores. Yo los encontré en los cereales del desayuno, en los helados, en la nata de cocinar,  en los bollitos de leche y hasta en los criossants de espelta del herbolario. O sea que si mis hijas desayunan Corn Flakes, comen espaguetis con nata, se toman un heladito en el parque y cenan un croissant con pavo, ya tienen un intensivo de mono y diglicéridos.

La segunda sorpresa me la llevé cuando descubrí que, en caso de haber alternativa sana, cuesta el doble. En mi caso sustituí los copos de maíz de Mercadona (99 céntimos) por los de Kelloggs (2 euros). Y algo parecido sucede con los filetes de pescado congelados (unos con cinco “E”s por lo menos y otros con una o dos). Pues los más sanitos cuestan un 30% o 40% más.

También hay que decir que no todos los aditivos son nocivos. Por eso me gusta el libro de Corinne Guget, es un librito de fácil acceso que clasifica los aditivos en rojo (peligrosos), naranja (estudios contradictorios) y verde (sin informes negativos). Ahora lo llevo siempre en el bolso y así, por lo menos, puedo decidir qué aditivos podemos permitirnos y cuáles no. Los conservantes más utilizados (sorbato de sodio, sorbato de potasio y ácido benzóico), por ejemplo, son bastante terribles. Hay colorantes de origen natural que son inocuos y otros químicos que son verdaderamente malos, en especial para los niños. Los sulfitos también son bastante chungos y su uso está muy extendido (legumbres en frasco, por ejemplo). Y los nitritos que se usan en embutidos no sólo son malos en sí mismos sino que reaccionan al combinarse con otros aditivos.

Conclusión: Cuando compro cositas industrializadas prefiero las que no llevan aditivos aunque me cuesten el doble. Y procuro hacer lo más posible en casa con ingredientes “limpios”.

Aquí algunos ejemplos de los cambios que hemos ido haciendo:

Azúcar blanco: Además de que se utilizan muchas mugres para blanquearlo resulta bastante desastrozo para el cuerpo porque eleva el índice glucémico de la sangre demasiado rápido y luego viene una caída de colosales proporciones, lo que genera una necesidad urgente de energía. O sea, produce adicción. Nosotros usamos azúcar integral, miel de agave, jarabe de dátil, miel de abeja.

Pan: El noble pan de la panadería también está lleno de estabilizantes, antiampelmazantes, mejorantes, y no sé cuántas cosas más. Pervertido, el pobre. Así que yo procuro hacerlo en casa con levadura fresca. Cuando tengo que comprar pan de sándwich elijo el Natural de Bimbo que no lleva nada raro.

Galletas y pastelitos: ¡Caseros! Con azúcar integral, aceite de oliva, harina de nuestra elección, saborizantes naturales.

Harina de trigo: La usamos de vez en cuando, pero también usan muchas mugres para blanquearla, el trigo comercial suele estar modificado genéticamente y el refinado suele hacerlo muy indigesto. Cambiamos por harina de espelta, de maíz, de arroz y próximamente empezamos a experimentar con amaranto. En ALDI puedes encontrar pasta ecológica a buen precio.

Queso: Los lácteos en general llevan todos los antibióticos y hormonas que se toma el bicho que los produce. Yo prefiero comprar de cabra u oveja, que me parecen menos fuertes que el de vaca. Siempre que puedo compro el ecológico del ALDI que está muy razonable de precio.

Legumbres en frasco: Otra vez el ALDI, judías, lentejas y garbanzos ecológicos a buen precio. ¿Por qué si pueden llevar sólo legumbre, agua y sal, los demás fabricantes tienen que poner porquerías?

Huevos: Camperos, para que no provengan de gallinas esclavas. Lo ideal: ecológicos o de granja, aunque son difíciles de conseguir. Para no abusar de ellos sustituyo en pasteles y galletas con semilla de lino o de chía disuelta en agua (un tercio de vasito con una cucharadita copeteada de semilla triturada), o bien con plátano (uno por cada huevo de la receta).

Pescado congelado: Hasta los simples filetes congelados llevan estabilizantes. Cuando tengo que comprar filetes empanados por prisa compro el salmón empanado de Mercadona que es el más limpito.

Algo para ponerle al sandwich: ni la pechuga de pavo me la trago, aunque presuma de sana. De vez en cuando atún (aunque el aluminio de la lata tampoco es muy recomendable), salmón ahumado, paté de aceitunas negras, quesito O “pasta” (en memoria del pan con pasta de las fiestas habaneras) pollito con mayonesa y hierbas o especias de tu elección (tan fácil como guardar un poco de pechuga del pollito de medio día y pasarlo por la batidora con mayonesa y chipotle, pimentón, perejil, etc.). En casa también funciona la berenjena frita, los frijoles refritos y el hummus.

Básicamente la clave es tener la información necesaria a mano, tratar de simplificar menús, haciendo todo lo que podamos en casa Y SER CREATIVOS: atreverse a experimentar e ir probando hasta encontrar nuestras propias fórmulas para comer rico Y SANO. Aquí les seguiré contando nuestras experiencias.

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